La ansiedad es muy desagradable, de eso no existe la menor duda; sentimos taquicardia, presión en el estomago, tensión muscular, se nos vienen a la cabeza pensamientos catastrofistas y de perdida del control… Por lo tanto, cuándo la sentimos, nuestro primer instinto es el mismo que cuándo cualquier otra cosa que no nos gusta aparece en nuestra vida: lo analizamos, pensamos en qué hacer para quitárnoslo de encima y aplicamos dicha estrategia. Sin embargo, cuándo hablamos de luchar contra la ansiedad, esta estrategia tan lógica no vale para nada.
La trampa del pensamiento
La ansiedad no está en el mundo físico, no es un objeto que podamos mover o tirar, ni es como una verruga que podamos operar o una mancha que maquillar. La ansiedad está única y exclusivamente en nuestra mente. Por lo tanto cuándo intentamos controlarla, lo hacemos a través del pensamiento, de nuestro lenguaje interno. Y es ahí cuándo aparece la paradoja de luchar con la ansiedad, con nuestros pensamientos… luchar contra ellos hace que la lucha siga. Y es que si te pido que intentes con todas tus fuerzas no pensar en un perro verde, estarás automáticamente pensando en él.
Del mismo modo, si al irte a la cama cuando has tenido un mal día te siente ansioso y empiezas a pensar: «seguro que duermo mal y mañana no rindo… uff no… mejor no pensar en ello… venga voy a distraerme para no pensar en lo mal que voy a dormir…» y procedemos activamente a querer dejar de pensar en no dormir… estaremos constantemente pensando en ello. ¿El resultado? Nos sentiremos más ansiosos, dormiremos mal y la próxima vez que nos vayamos a dormir tendremos miedo porque sabemos que no podremos dormir, en lo cual no queremos pensar…
Cómo NO luchar contra la ansiedad
Lo opuesto a luchar contra nuestros pensamientos y emociones es la aceptación. Pero hay que diferenciar entre aceptar y resignarse. La resignación consiste en darse por vencido, en dejar que ese sentimiento o pensamientos tome el control y dejarnos llevar por él. La aceptación pasa por observar ese pensamiento o emoción, verlo como lo que es, un producto de nuestra mente inofensivo, entender su por qué, y actuar como nosotros queramos.
Para ello necesitamos analizar cómo sentimos nosotros la ansiedad. Puedes apuntarlo en un folio o en tu móvil la próxima vez que la sientas: ¿tal vez sientas tu corazón acelerado? ¿Se te cierra el estómago? ¿Sientes tensión en la mandíbula? ¿Qué tipos de pensamientos automáticos se te vienen a la cabeza cuando te sientes así? Observa esos procesos que ocurren en tu cuerpo pero no reacciones a ellos, intenta identificar por qué te sientes así, y luego busca la manera de actuar que te gustaría, no la que te pide la ansiedad.
Si volvemos al ejemplo anterior: has tenido un día complicado en el trabajo, por lo tanto tienes ciertas preocupaciones en tu cabeza, lo cual es bastante normal. Esto te hace sentir algo de taquicardia y presión en el cuello. En vez de querer quitarte esos pensamientos de encima, déjalos estar, metete en la cama e intenta descansar todo lo que puedas ya que es lo que te gustaría hacer… si no luchas contra ellos, poco a poco irán perdiendo protagonismo.



Estas pautas sirven para manejar mejor el componente cognitivo de la ansiedad, pero si buscas más maneras de manejarla a diario te recomendamos que te pases por este artículo anterior sobre la ansiedad.