Ayer, 20 de Marzo, fue el día internacional de la felicidad. Las redes sociales se llenaron de mensajes positivistas; «¡No seas feliz sólo un día!», «Persigue tus sueños y serás feliz», «Ningún problema es tan grave ¡Sé feliz!». Parece que para ser personas debemos ser felices, y si no lo somos, es que algo estamos haciendo mal. Veamos por qué esta mentalidad, aparentemente inofensiva, puede ser en si misma una tremenda fuente de insatisfacción y sufrimiento psicológico.
La perversa búsqueda de la felicidad
Entras en Instagram, o TikTok, o cualquier otra red social y el algoritmo te bombardea con imágenes de los influencers con más «me gusta» y visualizaciones: cuerpazos, cochazos, casas increíbles, parejas entrañables… todo ello acompañado de sonrisas y «felicidad». ¿Quién no ha pensado al ver esos posts «Con esa casa yo también sería feliz» o «Si tuviese ese cuerpo yo también estaría content@»? Lo malo de las redes sociales y otros medios de comunicación, es que solo nos enseñan lo que quieren enseñar, lo que llama la atención y es más atractivo. Nos llevan años vendiendo lo que es la felicidad (tener dinero, una pareja, una buen casa…), lo importante que es esta para vivir la vida como debe ser y que debe ser lo único presente en nuestra vida.
El gran problema llega cuando interiorizamos esta idea, cuando realmente creemos que la felicidad es el estado natural y deseable, el estado que debemos perseguir. Como seres pensantes que somos, con capacidad de razonamiento, deducimos automáticamente que si no somos felices es que no estamos viviendo la vida como debe ser vivida. Y no podríamos estar más equivocados… no sólo por qué la felicidad no es lo que se proyecta en las redes sociales, si no por que la vida no está hecha para ser felices 24/7.
Nada es para siempre
Las emociones son reacciones automáticas ante ciertos eventos. Si algo o alguien nos ataca nos enfadaremos o asustaremos, si algo nos agrada mucho nos sentiremos alegres, si perdemos algo o a alguien nos sentiremos tristes… Las emociones nos informan de lo que nos ocurre, nos dan información valiosa acerca de lo que nos rodea, de aquello a lo que nos queremos acercar, de aquello de lo que nos queremos alejar… Todos hemos pasado por buenas rachas, épocas en las que todo nos va bien y podríamos decir que somos relativamente felices la mayoría del tiempo. Pero aún así, en esas buenas rachas, puede que algo nos enfade, que algo nos entristezca o que sintamos algo de ansiedad ante un evento importante. Todos tenemos alguna «buena racha», al igual que todos sentimos emociones desagradables, pero ninguna dura para siempre.
¿Qué ocurre por lo tanto si nuestro ideal de vida es el de ser siempre feliz? ¿Cuándo lo que perseguimos es inalcanzable? Que estamos condenados al fracaso y a la insatisfacción personal.
Busca la satisfacción con tus acciones, no la felicidad
Lo que hemos comentado hasta ahora no quiere decir que la vida sea una valle de lágrimas, pero desde luego sí que va a ser un valle, con sus montañas, su subidas y sus bajadas. Si estás en lo más alto de la montaña, disfruta de la vista. Si estás en lo más profundo del valle, no pasa nada, todos hemos estado o estaremos ahí. Sin embargo, si creemos que no estar en lo más alto de la montaña es malo, cuando nos encontremos en un mal momento, a parte de encontrarnos mal nos echaremos además la culpa de no estar en la cima.

Lo importante es que independientemente de cómo nos sintamos, seamos capaces de reconocer esa emoción, esos pensamientos, y no dejar que sean ellos los que gobiernen nuestra conducta. Y es que la satisfacción con la vida no se obtiene cuando nos la pasamos buscando un estado emocional científicamente inalcanzable, si no cuando nos podemos ir a la cama sabiendo que hemos sido la persona que nos gustaría ser, independientemente de nuestra localización en el valle.