La incertidumbre es una de las sensaciones más desagradables y ansiógenas (es decir que causa ansiedad). En contraposición, la sensación de control nos reconforta y a corto plazo hace que sintamos menos ansiedad. Sin embargo, cuando queremos ejercer un control psicológico sobre variables incontrolables, esto se convierte en un problema que puede causar un mayor malestar.
¿Por qué es tan atractivo el control?
Cómo comentamos en la introducción, el control ayuda a sentirnos menos ansiosos. Cualquier situación en la que haya incertidumbre va a generarnos ansiedad: «¿Qué podría pasar? ¿Y si…? Como ocurra esto… ¿Y si ocurre lo contrario?…» como ya comentamos en un artículo anterior sobre ansiedad, esta puede ser muy desagradable. Tan desagradable que la respuesta más natural suele ser la de intentar eliminarla, muchas veces a través del control o la idea de que estamos controlando.
¿Cuándo se convierte el control en un problema psicológico?
El control puede suponer un grave problema cuando se convierte en nuestro único mecanismo de afrontamiento ante la ansiedad y queremos controlar lo incontrolable. Es decir, cuando independientemente del grado de control que tengamos sobre una situación, sigue siendo la estrategia a la que recurrimos, generándonos un mayor estrés, unas metas inalcanzables y un mayor sufrimiento psicológico.

Imaginémonos a Pepe:
Pepe trabaja en una fábrica de piezas metálicas complejas que se utilizan en la fabricación de barcos. Tiene su puesto de trabajo, sus herramientas y el material que necesita para trabajar no le falta. Tiene su tiempo organizado, sabe lo que tiene que hacer a cada momento y sabe perfectamente donde están todas y cada una de sus herramientas… le gusta tenerlo todo controlado. Sin embargo le cambian de puesto… Ya no trabaja solo, si no que depende de otros compañeros, cosa que no le acaba de agradar… Un día empieza a ver que el trabajo se retrasa, no salen las piezas a la cadencia necesaria, no todos trabajan igual… Empieza a sentirse ansioso y preocupado porque no todo va como a él le gustaría. Empieza a exigir a sus compañeros que trabajen como él, que cumplan el mismo horario, que organicen las herramientas igual que él… En definitiva, quiere controlar la forma de ser y trabajar de sus compañeros. ¿Qué conseguirá? ¿Que sus compañeros cambien su forma de ser o que sus compañeros le resientan, le traten peor y empeore la calidad del trabajo? ¿Se sentirá mejor a largo plazo o por querer controlar para calmar su ansiedad se sentirá frustrado y más estresado por no lograr lo imposible (cambiar la forma de ser de sus compañeros)?
¿Cómo reducir nuestro control?
El primer paso y el más importante es el de aprender a aceptar que no todo se puede controlar. Y que como tal, la ansiedad y la incertidumbre forman parte de la vida, y que de por sí, no son malas. Si somos capaces de interiorizar esta idea el segundo paso es más sencillo.
Consiste en reconocer nuestra ansiedad a nivel físico y psicológico: ¿Qué siento en mi cuerpo cuando estoy ansioso? ¿Taquicardia? ¿Presión en el pecho? ¿Presión en el estomago? ¿Rigidez en los hombros? etc… ¿Qué pienso cuando siento ansiedad? ¿Qué pensamientos me suelen venir a la cabeza en esos momentos?
Esto nos permite identificar claramente el momento en el que debemos llegar al tercer y último paso, hacernos la siguiente pregunta: «¿Puedo hacer YO algo para cambiarlo o depende de otras personas/variables?». Si la respuesta es negativa deberemos remitirnos al primer paso; hablarnos bien a nosotros mismos, aceptando que el malestar que sentimos es fruto de algo que se escapa de nuestro control y que por eso mismo no pasa nada.


